jueves, noviembre 03, 2005

A margen del curso, una referencia a "El hombre elefante"


Esta historia, aunque no está en relación con anomalías de lenguaje, tiene que ver con las de esos otros marginados que han sido los "Niños salvajes" de los que hemos hablado.
Os incluyo un fragmento del excelente artículo que mi amigo Óscar Bartolomé le dedica a la magnifica película del gran David Lynch, basada en este tema.

“El hombre elefante” es, quizá, la película más triste que he visto, y lo que ahonda la aflicción que produce su contemplación es que John Merrick, el ser deforme que causaba la repulsión e inflamaba el morbo de cuantos le veían, existió de verdad. Hace poco se ha descubierto que su nombre real era Joseph Carey Merrick, y aunque inicialmente se pensó que la extraña enfermedad que alteró de forma tan horrible su anatomía era la neurofibromatosis, las teorías más recientes apuntan a que pudo padecer un mal llamado síndrome de Proteus. Por supuesto, el guión aúna anécdotas verídicas con otras ficticias. Algunos de los otros personajes que aparecen también existieron, como el doctor Frederick Treves. También es cierto que Merrick gozó de una gran popularidad en su tiempo. Era poco menos que una leyenda, pero ¿quién quiere para sí una fama adquirida de esa manera? Otro episodio extraído de la realidad es que recibió la visita de la princesa de Gales, y que se le asignó una vivienda en el London Hospital (...)
John Hurt aceptó el reto de encarnar al hombre elefante (así se le conoció en vida), y cuajó una interpretación soberbia. La exposición diaria a las abrasivas sesiones de maquillaje debió de ser un tormento para él, pero estas pejigueras le reportaron, a la postre, el papel más importante de su carrera, que le valió el reconocimiento unánime de la crítica. Aspectos a destacar de su interpretación son, por un lado, la manera de andar entre coja y gibosa a imitación de un ser contrahecho, y, por otro, la peculiar pronunciación nasal y gangosa, ya que Merrick estaba aquejado de una bronquitis crónica. El doblaje al español es magnífico (...)

En el capítulo de interpretaciones también sobresale Anthony Hopkins, en el papel del doctor Frederick Treves. Dota de una gran humanidad al personaje, como se observa en la secuencia en que ve por primera vez a Merrick, con las lágrimas asomando a sus ojos. Es el primero que le trata con dignidad, como a un ser humano, si bien desde la distancia que separa al doctor del paciente. Siempre se dirige a él con la fórmula del usted. Al principio su piedad se adultera con un inconsciente deseo de asombrar a la comunidad científica con su descubrimiento para así conseguir reputación y prestigio. Aunque los medios que utiliza no son comparables a los del inicuo Bytes (un excelente Freddie Jones, bien caracterizado con su barba hirsuta y su pelo híspido de aladares entrecanos), su “dueño”, lo cierto es que comparte su fin, que no es otro que servirse de él para obtener beneficios. Esta perversa teleología le sume en profundas cavilaciones y le lleva a plantearse si el beodo y cruel Bytes no estaba en lo cierto cuando le acusó de ser como él. Desde el instante en que reflexiona sobre la naturaleza de su relación con Merrick, su lado humano y altruista prevalece sobre el interés puramente médico.
Aunque a casi todos los espectadores lo que más les conmueve es esa secuencia en la cual el hombre elefante es perseguido y arrinconado por una jarca de curiosos y morbosos (a mi entender, un sutil homenaje a “M. El vampiro de Düsseldorf”), en que, acezante y derrengado, les exclama: “Yo no soy un monstruo... Soy un ser humano... Soy un hombre”, a mí lo que más me impresiona son las palabras del doctor Treves antes de saber que puede hablar: “Es un imbécil, un completo idiota. Roguemos a Dios que así sea”. En verdad, la consciencia de la propia monstruosidad es lo más horrible que alguien puede llegar a sentir(...)
El desgraciado hombre elefante pasa de una representación a otra: empieza en una feria ambulante, luego es exhibido como una curiosidad científica y más tarde vuelve a ser mostrado como una atracción de barraca en el mismo hospital. No llega a encontrar la calma que ansía. Cuando mejor se advierte que el aspecto exterior no es sinónimo de catadura moral es en ese momento en que los dipsómanos y las putas que han pagado la entrada al vigilante se arremolinan, con sus muecas obscenas y sus palabras soeces, en torno al desdichado objeto de contemplación. Si la cara fuera un espejo del alma, estaríamos todos los días en Carnaval."


Si la encontráis en un videoclub, no dejéis de verla.




Las fotos son reales.